Hacia el mediodía llegó Bastian a un alto terraplén que se levantaba en medio de la campiña. Trepó por él. Detrás había un ancho valle cerrado que- con una pendiente que descendía cada vez más pronunciadamente- parecía un cráter de fondo plano. Y todo aquel valle estaba ocupado por una ciudad...En cualquier caso, podía darse ese nombre a aquella multitud de edifícios, aunque era la ciudad más disparatada que Bastian había visto nunca. Sin plan ni propósito, las casas parecían amontonarse como si fueran dados; como si, sencillamente, hubieran sido sacudidas allí de su saco por algún gigante. No había calles ni plazas, ni ninguna clase de orden reconocible.
Pero también los distintos edifícios parecían absurdos: tenían las puertas en el tejado, escaleras en sitios a donde no se podía llegar y otras que hubiera habido que recorrer cabeza abajo y que acaban en el vacío. Había torrecillas transversales y balcones que colgaban verticales de las paredes, ventanas en lugar de puertas y suelos en lugar de muros. Había puentes cuyo arco se interrumpía de pronto, como si su constructor se hubiera olvidado en mitad de la obra de lo que debía ser el conjunto. Había torres curvadas como plátanos y pirámides colocadas sobre su cúspide. En resumen, toda la ciudad producía una impresión de locura.
Entonces vio Bastian a sus habitantes. Eran hombres, mujeres y niños. Por su aspecto parecían seres humanos corrientes, pero sus trajes sugerían que todos ellos se habían vuelto locos y no podían distinguir ya entre las prendas de vestir y los objetos para otros usos. En la cabeza llevaban pantallas de lámparas, cubos para jugar en la arena, soperas, cestos de papeles, bolsas o cajas de cartón. Y se tapaban el cuerpo con manteles, alfombras, grandes trozos de papel de plata y hasta barriles.
Muchos empujaban o tiraban de carritos o carricoches, en los que había amontonados todos los cachivaches imaginables: lámparas rotas, colchones, vajilla, trapos y chucherías. Otros llevaban trastos parecidos en grandes fardos sobre sus espaldas.
Cuanto más bajaba Bastian por la ciudad, más densa se hacía la muchedumbre. Sin embargo, ninguna de aquellas personas parecía saber muy bien a dónde ir.
Varias veces observó Bastian que alguno, despues de haber empujado fatigosamente su carro en una dirección, lo arrastraba hacia la contraria poco después, para tomar algo más tarde una nueva. Pero todos se mostraban febrilmente activos.
Bastian se decidió a abordar a uno de ellos.
-¿ Cómo se llama esta ciudad?
El interpelado soltó su carro, se enderezó, se frotó la frente un rato como si estuviera pensando intensamente y luego se fue, abandonando simplemente el carro. Parecía haberlo olvidado. No obsante, pocos minutos más tarde una mujer se apoderó del vehículo y lo arrastró penosamente hacia algún lado. Bastian le preguntó si los trastos eran de ella. La mujer se quedó un rato sumida en profundas meditaciones y luego se marchó.
Bastian lo intentó aún unas cuantas veces, pero no recibió respuesta a ninguna de sus preguntas.
- Es inútil preguntarles -oyó decir de pronto a una voz burlona-. No pueden decirte nada. Se les podría llamar los que nada dicen.
..¿ Y cómo se llama esta ciudad?- preguntó Bastian.
-En realidad no tiene nombre- explicó Árgax-, pero se podría llamar..digamos..la Ciudad de los Antíguos Emperadores.
-¿ La Ciudad de los Antíguos Emperadores?-repitió Bastian inquieto-. ¿ Por qué? No hay nadie que parezca un antíguo emperador.
-¿ Ah no?- el monito se rió sofocadamente-. Sin embargo, todos los que ves fueron en su tiempo emperadores de Fantasia...o, por lo menos, quisieron serlo.
...
¿ Cómo han llegado hasta aquí? ¿ Qué hacen?- preguntó Bastian.
-Bueno, en todos los tiempos ha habido seres humanos que no han vuelto a su mundo -explicó Árgax-. Al princípio no querían y ahora...digamos...no pueden ya
...
¡Míralos! ¿ Podrías creer que muchos de ellos llevan aquí mil años e incluso más? Pero se quedan como son. Para ellos no puede cambiar nada, porque ellos mismos no pueden ya cambiar.
Se puso a andar entre la confusión de edifícios sin sentido, y pronto se dio cuenta de que el camino de entrada había sido mucho más fácil que el de salida. Una y otra vez pudo comprobar que había perdido el rumbo y se dirigía otra vez rápidamente al centro de la ciudad. Necesitó toda la tarde para llegar al terraplén. Luego salió a la campiña y no dejó de andar hasta que la noche -tan oscura como la anterior- lo forzó a hacer un alto. Cayó al suelo agotado, bajo un enebro, y se sumió en un sueño profundo.
...
Quería buscar el camino de regreso al mundo de los seres humanos..pero no sabía ni cómo ni por dónde. ¿ Había en algún lado una puerta, un paso, una línea divisoria que lo llevara hasta allí?
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Sierra -