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..Y entonces nos pusimos el vestido de aire puro

"Un beso pronto se olvida".Oía pasear este refrán a lo largo de los grandes paseos de mi cabeza, y dejaba de comprender mi vida, mi vida que avanzaba a lo largo de una pista rubia. ¡ Cuán inmenso es pretender oír desde más lejos de uno mismo, más lejos de esta rueda uno de cuyos radios, ante mí, roza apenas el camino! Había pasado la noche en compañía de una mujer frágil y precavida, oculto entre las altas hierbas de una plaza pública, junto al Puente Nuevo. Durante una hora, nos reímos de las maldiciones que intercambian sin previo aviso los tardíos transeúntes que, uno tras otro, se sentaban en el banco más cercano. Extendíamos la mano hacia las capuchinas que caían de un balcón del City-Hôtel, con la intención de hacer desaparecer en el aire cuanto suena al caer, como las monedas antiguas que, por excepción, eran de curso legal aquella noche.
Mi amiga se expresaba mediante aforismos tales como: “Quien más a menudo me besa, antes me olvida”. Pero únicamente buscábamos una porción de paraíso y, mientras arrojábamos alrededor las banderas que iban a posarse en las ventanas, abdicamos poco a poco de todo género de abandono, de manera que, por la mañana, de nosotros tan sólo quedó aquella canción que a lengüetazos bebía un poco de agua nocturna en el centro de la plaza: "Un beso pronto se olvida". Los lecheros conducían ruidosamente sus auríferos vehículos al lugar de las eternas fugas. Nos separamos gritando con toda la fuerza de nuestro corazón. Quedé sólo, y descubrí a lo largo del Sena bancos de pájaros y bancos de peces, y me interné cautelosamente en los matorrales de ortigas de un pueblecito blanco. Este pueblecito estaba atestado de esas bobinas de telégrafo que se ven suspendidas, a iguales distancias, a uno y otro lado, en los postes de las grandes carreteras. Tenía el aspecto de una de esas páginas de novela que se compran por poco dinero en los barrios suburbanos. "Un beso pronto se olvida". Sobre el cobertor del pueblecito, orientado hacia el suelo, y que era cuanto quedaba del campo, se distinguía difícilmente una especie de piruja que saltaba a la comba en el linde de un bosque de laurel gris.
No penetré en este bosque de avellanas rojas. Avellanas herrumbrosas, ¿érais vosotras las persianas del beso que me perseguían a fin de que lo olvidara?
Me dieron miedo, y me aparté bruscamente de cada uno de los matorrales. Mis ojos eran las flores del avellano, el derecho la flor macho, y el izquierdo la flor hembra. Pero había dejado de gozar hacía mucho tiempo. Ante mí en todas las direcciones silbaban los senderos. Cerca de una fuente, la bella de la noche se reunió conmigo palpitante.
"Un beso pronto se olvida". Sus cabellos no eran más que una colonia de champiñones rosados, entre agujas de pino y muy delgadas hojas secas de cristal.
Así llegamos a la ciudad de Ardilla de Mar. Allí los pescadores desembarcaban cestos repletos de conchas terrestres, entre las que había abundantes orejas, que las estrellas que circulaban por la ciudad se aplicaban dolorosamente sobre el corazón para escuchar los sonidos de la tierra. De esta manera, las estrellas podían evocar para su diversión el ruido de los tranvías y de los grandes órganos, del mismo modo que nosotros pretendemos en nuestra soledad oír el campanilleo de los desembarcos submarinos y el estertor de los ascensores acuáticos. Pasamos desapercibidos de las curvas de aquel interior, de las sinusoides, las parábolas, los géiseres y las lluvias. Unicamente pertenecíamos a la desesperación de nuestro canto, a la sempiterna evidencia de las palabras referentes al beso. Entonces quedamos aniquilados, muy cerca de aquel lugar, en virtud de una corporal exhibición en que tan sólo se veía aquella parte de desnudez de los hombres y de las mujeres que, por lo general, es la más visible, o sea, el rostro, las manos, y poco más. Pero también es cierto que allí había una muchacha descalza.
Y entonces nos pusimos el vestido del aire puro..

24. Pez Soluble. 1924. André Bretón

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