..a 28 de octubre de 2004
Un buen día, y era yo bastante jóven, mis padres decidieron adoptar un pequeño ser que ,según decía su documentación, había nacido en prisión y la persona que estaba a su cargo desconocía la identidad del padre y de la madre.
Como yo era hija única supongo que ésta era una manera de intentar compensar mi crecimiento forzosamente entre soliloquios.
Cuando vino a vivir con nosotros era tan sólo un bebé. ¡Tan pequeño! Nunca imaginé la responsabilidad que en el futuro iba a tener sobre él.
Vivíamos en una casa que contaba con planta baja, primer piso y ático.
Era sumamente alegre, además de observador. Le encantaba cantar y realmente lo hacía muy bién. No era de mucho hablar por lo que aprendí enseguida a leer en sus ojos. Aunque poseía el don de la timidéz gustaba mucho de estar con gente y notar su presencia aunque él permaneciera casi siempe en silencio.
En relación a su sexualidad nunca quise indagar; eso sí, lo que más me admiraba era su sensibilidad extrema. Le daba mucho miedo cortarse las uñas así que siempre he tenido que pasar yo el mal trago, no sin aguantar sus quejas y temores irracionales.
Siempre he pensado y pensaré que en una vida pasada había sido de la aristocracia. Porque? Prefería morir de hambre a comer alimentos que no le gustaban, tiraba por cualquier lado las cosas pensando que alguien siempre se lo iba a recoger todo y tenía unos gustos musicales exquisitos. Este aspecto me producía cierta admiración pero también me exasperaba.
Yo me pasaba horas y horas, años y años observándolo. Él también me observaba a mí. Se fue convirtiendo en uno de mis mejores amigos también.
Pocas personas he querido que estuvieran en mi cuarto a cualquier hora, en cualquier momento. Él se lo había ganado con su compañía incondicional, compartiendo silencios conmigo o regalándome su propio silencio cuando más paz he necesitado.
Tenía dos cuartos para él..uno en el primer piso y otro en el ático.
Cuando era más jóven le encantaba subir al ático, allí parecía que podia tocar hasta las nubes. Cuando fue creciendo prefería estar más en su cuarto del primero. Tras haber intentado independizarse en várias ocasiones y haber regresado cabizbajo de nuevo a casa de alguna manera asumió que este era su lugar.
Solo cuando fue viejo descendió a la planta baja, más bien por necesidad, pues ya no dominaba tanto su cuerpo, había perdido visión, en definitiva, se sentía frágil y torpe.
A medida que fue creciendo fue perdiendo la destreza en el canto y las ganas de cantar, y ésta había sido su profesión toda la vida.
Parecía que los cambios de estación ya no le entusiasmaban tanto tal vez el hecho de saber que nunca iba a ser libre le entristeció y yo nunca pude saber en que momento fue consciente de ello. Tampoco pude saber en qué momento supo que nunca iba a ser padre.
Os preguntaréis porque hablo en pasado Os preguntaréis también porque yo le he sobrevenido con apenas 28 años.
Él murió con 15 y eso para un trinador son muchos años. Con él murió una parte de mí. Conmigo quedan tantos y tantos suaves recuerdos
ta
Como yo era hija única supongo que ésta era una manera de intentar compensar mi crecimiento forzosamente entre soliloquios.
Cuando vino a vivir con nosotros era tan sólo un bebé. ¡Tan pequeño! Nunca imaginé la responsabilidad que en el futuro iba a tener sobre él.
Vivíamos en una casa que contaba con planta baja, primer piso y ático.
Era sumamente alegre, además de observador. Le encantaba cantar y realmente lo hacía muy bién. No era de mucho hablar por lo que aprendí enseguida a leer en sus ojos. Aunque poseía el don de la timidéz gustaba mucho de estar con gente y notar su presencia aunque él permaneciera casi siempe en silencio.
En relación a su sexualidad nunca quise indagar; eso sí, lo que más me admiraba era su sensibilidad extrema. Le daba mucho miedo cortarse las uñas así que siempre he tenido que pasar yo el mal trago, no sin aguantar sus quejas y temores irracionales.
Siempre he pensado y pensaré que en una vida pasada había sido de la aristocracia. Porque? Prefería morir de hambre a comer alimentos que no le gustaban, tiraba por cualquier lado las cosas pensando que alguien siempre se lo iba a recoger todo y tenía unos gustos musicales exquisitos. Este aspecto me producía cierta admiración pero también me exasperaba.
Yo me pasaba horas y horas, años y años observándolo. Él también me observaba a mí. Se fue convirtiendo en uno de mis mejores amigos también.
Pocas personas he querido que estuvieran en mi cuarto a cualquier hora, en cualquier momento. Él se lo había ganado con su compañía incondicional, compartiendo silencios conmigo o regalándome su propio silencio cuando más paz he necesitado.
Tenía dos cuartos para él..uno en el primer piso y otro en el ático.
Cuando era más jóven le encantaba subir al ático, allí parecía que podia tocar hasta las nubes. Cuando fue creciendo prefería estar más en su cuarto del primero. Tras haber intentado independizarse en várias ocasiones y haber regresado cabizbajo de nuevo a casa de alguna manera asumió que este era su lugar.
Solo cuando fue viejo descendió a la planta baja, más bien por necesidad, pues ya no dominaba tanto su cuerpo, había perdido visión, en definitiva, se sentía frágil y torpe.
A medida que fue creciendo fue perdiendo la destreza en el canto y las ganas de cantar, y ésta había sido su profesión toda la vida.
Parecía que los cambios de estación ya no le entusiasmaban tanto tal vez el hecho de saber que nunca iba a ser libre le entristeció y yo nunca pude saber en que momento fue consciente de ello. Tampoco pude saber en qué momento supo que nunca iba a ser padre.
Os preguntaréis porque hablo en pasado Os preguntaréis también porque yo le he sobrevenido con apenas 28 años.
Él murió con 15 y eso para un trinador son muchos años. Con él murió una parte de mí. Conmigo quedan tantos y tantos suaves recuerdos
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